Chica anti-fashion: mi sentido de la moda nunca estuvo al dente

in Feb 2, 2024

Cuando era adolescente, la moda me resultaba interesante, pero nunca llegó a ser un asunto de gran importancia en mi realidad (o eso creía). Era una fantasía lejana de la edad. 


Me vestía muy diferente a comparación de las personas que me rodeaban. Fui el hazmerreír de mis compañeras, porque precisamente no estaba a la moda (para ellas). Ese hecho circunstancial me hizo creer que algo “malo” pasaba en mí. En algún momento, llegué a pensar que debía cambiar para en algún momento encajar. Nunca lo conseguí, porque no me esmeré lo suficiente para hacerlo. Y porque en el fondo, yo no quería. 


Pero la gran antítesis era que yo solía ver pasarelas de Victoria’s Secrets, a Kelly Osbourne en las Red Carpet con Giuliana Rancic y a Joan Rivers en Fashion Police. También ojeaba revistas de moda como Vogue, Marie Claire, Cosmopolitan, entre otras que me compraban.


Me encantaba ver cómo vestían a las modelos. Incluso, en mi habitación de esa época, yo solía imitar la pasarela de Heidi Klum, Miranda Kerr, Alessandra Ambrosio, Tyra Banks, Naomi Campbell. Las analizaba y copiaba sus trucos. 


Y aún así, mi sentido de la moda nunca estuvo al dente. Todos mis conocimientos en la moda se desvanecían al momento de vestirme. O eso me querían hacer creer. 


Con el paso del tiempo, especialmente cuando entré a la Universidad a estudiar periodismo, tenía como propósito de algún día convertirme en periodista experta en moda de lujo. Soñaba con trabajar en Louis Vuitton, Chanel o Dior. Tanto que, confieso que atraqué el clóset de una de mis tías que solía tener este tipo de marcas. 


“Coroné” un par de prendas que aún conservo, ya que, fueron regalos de quince años (atracos a fuerza armada, sin armas de fuego, ja, ja). Pero a medida que iba creciendo y que iba adentrándome a otras realidades muy paralelas a las mías, empecé a cuestionarme porqué era la diferente. 


Precisamente por una conversación muy específica con una compañera de la universidad, ahondé un poco más. Ella me preguntó en un tono jocoso “¿Dónde compras la ropa que usas?” 


Le respondí: “Honestamente, no sé. Yo le muestro la ropa a mi tía, de la que me gustaría copiar de X modelo que vi en una revista o en algún programa de TV. Ella me la hace o en su defecto, me la compra. Pero no sé dónde. Nunca voy a las tiendas a comprarla”. 


Hasta ahí parecía normal. Al menos, para mí. 


Ella me dijo: “¡Qué raro! Eres la primera persona que conozco que nunca ha ido a una tienda a escoger la ropa que quiere.”


De las pocas veces que fui a una tienda de ropa, fue cuando compré mi vestido de quinceaños. Era uno más del montón. Tampoco quería una fiesta típica de quinces. Algo que hoy en día, me agradezco. 


Al llegar a la casa, le pregunté a mi mamá la razón por la que nunca me crío comprando ropa en tiendas, teniendo dinero con qué comprármela junto con mi tía, a la que le atracaba el clóset; ella dulcemente me respondió: “Siempre hemos comprado ropa de segunda. Me extraña que nunca te dieras cuenta”. 


Y sí. Admito que soy muy despistada, que nunca le di importancia a ello. Así como también tuve la suerte de tener una prima, quien era compradora compulsiva, que me heredaba ropa que NUNCA usaba. 


Empecé a concluir que las tiendas de fast fashion no eran mi foco de atención. También reflexioné que la moda local no iba acorde a lo que veía en el mundo de la moda Hollywoodense (al toque clásico, para ser más específicos). Por lo tanto, casi nada me gustaba. Sentía que perdía mi propio estilo, porque ya lo había construido con mi propia esencia. 


“Nada se parece a mí”, me decía a mí misma cuando veía a las chicas “que estaban a la moda”.


(Seguro Joan Rivers las hubiese mandado a la cárcel de la moda, como solía decirlo en su programa). 


Lejos de sentirme menos por usar ropa de segunda, acepto que siempre supe que estaba marcando la diferencia y que nunca tuve el conflicto de verme igual a otra persona, como le pasó a Shakira con Pink en los premios VMA’s de MTV en el 2009. Pienso que fui muy afortunada y sigo siéndolo.


Detrás de cada prenda que se encuentra en una tienda de segunda, hay una historia increíble. O eso quiero creer. Cuando encuentras una pieza que no se ve de manera recurrente, descubres un tesoro que será inolvidable para ti. Eso es comprar en un Thrift Shop. 


Más que un movimiento eco-friendly, del que todos hablan y muchos están llevando a cabo, puedo decir que se siente muy liberador SER TÚ MISMO, en un mundo donde te exigen encajar para que te acepten.  Ser auténtico no se encuentra en ninguna tienda.  


Tú que me estás leyendo, espero que algún día experimentes esto aquí en Mija’s Closet. 

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